Introducción.
Mateo en el capítulo 8, nos narra de una tormenta que se desató en el mar de Galilea cuando Jesús y sus discípulos cruzaban de un lado hacia el otro.
Los hombres que iban con Jesús en la barca, eran hombres acostumbrados al mar y a resolver muchos de los problemas que podrían tener a bordo de su embarcación. Confiaban en sus habilidades, en sus experiencias, creían haber crecido lo suficiente como para enfrentarse a lo que fuera. Pero todo eso cambió radicalmente cuando yendo con Jesús en una barca por el lago de Galilea, se desató una terrible tormenta que les hizo pensar que ahí, sería el final de sus vidas.
Sin embargo, la tormenta que se desató, con sus fuertes vientos y grandes olas que anegaban la barca, no era en realidad el mayor problema para los discípulos. Para algunos hoy, “La tormenta”, puede ser la crisis económica mundial, para otros el sentirse traicionados por amigos íntimos, o por la hipocresía y falsa amistad de otros y de los que buscan oportunidades para sacar provecho y ventajas para si mismos sin importar cuanto puedan perjudicar a los demás. Para otros “la tormenta” puede ser algún problema de salud, y para otros la apariencia física, o la muerte de un ser querido, o bien la falta de justicia en los tribunales, etc. Pero realmente ninguna de estás cosas son el verdadero problema en nuestras vidas. Estos hombres que iban con Jesús en la barca aprendieron ciertas lecciones en medio de la tormenta. Lecciones que también nosotros como discípulos de Cristo necesitamos aprender, y que Jesús quiere enseñarnos por medio de este acontecimiento histórico, registrado en el evangelio de Mateo para nuestro benefició. Lea por favor Mateo 8:18-27.
Jesús quería ayudar a estas personas que iban con él en la barca, por medio de enseñarles las siguientes cosas:
1.- Primero, Jesús enseñó a ellos a que aprendieran a confiar en Dios, y eso, aun en medio de aquellos momentos en que todo parece estar perdido. Las sagradas Escrituras nos dicen que “Jesús dormía” (Mateo 8:24), mientras ellos estaban angustiados y acobardados. La confianza que Jesús tenía en su Padre Celestial le libro de todo temor y le daba seguridad. Jesús sabía que Dios podía no solo librarle de esa tormenta sino también del sepulcro y el Hades, por eso dice en Hechos 2:26,27: Por lo cual mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua, Y aun mi carne descansará en esperanza; Porque no dejarás mi alma en el Hades, Ni permitirás que tu Santo vea corrupción.
Nosotros necesitamos aprender también a confiar en Dios, pero de la misma manera que Jesús. él es nuestro modelo. No podremos vivir como Jesús si no aprendemos a confiar y a esperar en Dios. No podremos sentirnos seguros como Jesús si no confiamos como él confiaba y esperaba en Dios.
La peor de las tormentas que azota la vida de los seres humanos es el pecado, es verdaderamente terrible (Romanos 6:23), es el causante de todos los males que nos sobrevienen y puede llevarnos a la ruina eterna, solamente nuestra confianza en Dios nos podrá librar. Gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor.
2.- En segundo lugar, Jesús enseñó a estos hombres la necesidad de crecer en cuanto a su fe. Los hombres que estaban con Jesús en la barca en medio de la tormenta, tenían fe, pero una fe no muy grande. Jesús les dice: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? (Mateo 8:26), Marcos refiriéndose al mismo acontecimiento nos informa que Jesús les dice “¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?” (Mar. 4:40), y Lucas nos informa que les dijo: “¿Dónde está vuestra fe?” (Luc. 8:25). los hombres en la barca tenían poca fe. La tormenta que era terrible, les hizo pensar que perecerían, ¿Habían acaso perdido su poca fe? Jesús preguntó “¿Dónde está vuestra fe?”.
De igual forma suele suceder en nosotros, pensamos tener fe, creemos que nuestra fe es suficiente y que podremos mantenernos de pie ante las adversidades. Pero cuando somos realmente sacudidos, y vemos la causa perdida, nos llenamos de miedo comenzamos a llorar y a desesperarnos, entonces Jesús pregunta “¿Dónde está vuestra fe?”. Con esta pregunta Jesús quiere hacernos volver en sí, a fin de que no desesperemos, el creyente en Cristo tiene su fe puesta en un Dios todo poderoso. Es por eso que podemos decir como el salmista “Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, Que hizo los cielos y la tierra.” (Sal. 121:1,2).
Nuestra fe por lo tanto debe crecer. La fe no es un sentimiento, no tiene que ver con emociones, no tiene nada que ver con sentir algo en el pecho, como cuando se esta contento, o como cuando se esta triste. La fe es seguridad, es convicción, la clase de seguridad y convicción que se deriva de evidencias (Heb. 11:1). Por medio del oír la palabra de Dios llegamos a tener fe (Romanos 10:17). Entonces, la palabra de Dios se convierte en la evidencia o prueba en que se basa nuestra fe .
El gran problema para aquellos hombres que estaban con Jesús en la barca en medio de la tormenta, era que perdieran su poca fe, el problema entonces no era la tormenta por terrible que fuera, sino que perdieran su poca fe. Y para nosotros ese sería el mayor problema. No la crisis económica mundial, o la salud, etc., sino que perdamos nuestra poca fe. Jesús ayudó a esos hombres que estaban con él en la barca a crecer en fe, así también nos quiere ayudar a nosotros.
La fe es importante, pues sin ella es imposible agradar a Dios (Heb. 11:6), pues el que se acerca a Dios debe creer que él existe y que es remunerador de los que le buscan. Nuestra fe En Dios debe crecer y llegar a ser como la fe de Jesús.
3.- En tercer lugar Jesús enseñó a sus discípulos a comprender que no se encontraban solos.
La Escrituras nos dice que Jesús entró con ellos en la barca (Mateo 8:23). No había pues razón para temer. El pecado es una terrible tormenta que procura hundirnos. Luego se encuentran las diferentes cosas que nos angustian en esta vida, que no son evitables, puesto que vivimos en un mundo que ha sido maldecido por causa del pecado, y el sufrimiento es inevitable. Sin embargo, Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, no es un Dios indiferente, y quiere ayudarnos y nos ofrece un mundo mejor, no en esta tierra sino en el cielo. Los patriarcas como Abraham, Isaac, Jacob esperaban en Dios esta bendición (Hebreos 11:13-16). El apóstol Pablo escribió a los hermanos en Filipos que “nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filp. 2:20). Los hijos de Dios en este mundo son peregrinos, y mientras no se cumpla la promesa caminan confiados en la protección y providencia divina. Así Jesús nunca se sintió estar solo, aún en los momentos de mayor angustia y sufrimiento, Jesús sabía que su Padre siempre estaba con él (Juan 16:32), y que era poderoso para librarle (Heb. 5:7). Si Jesús esta con nosotros en la barca no hay razón para temer.
4.- En cuarto lugar, Jesús enseñó a estos hombres a que le conocieran no como un mero hombre, sino como Dios verdadero y todo poderoso.
Mateo nos dice que “...reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza. Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aún los vientos y el mar le obedecen?” (Mateo 8:26).
Jesús mostró su poder sobre los vientos y el mar, él habló y lo hizo desde su propia autoridad, no apelo a la autoridad de otro mayor en poder que él. Eso provocó que los hombres en la barca se maravillaran y se preguntarán “diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aún los vientos y el mar le obedecen?”. Las obras que Jesús puede hacer, son equiparadas únicamente a las obras de Dios (Juan 5:19), por lo tanto Jesús es Dios igual al Padre, y en la ocasión que estuvo con sus discípulos en la barca, mostró tal poder al reprender los vientos y el mar. Podemos entonces depositar nuestra confianza en él, y aprender a depender de él, porque es poderoso, y puede suplir todo cuanto nos falte en todos los aspectos de nuestra vida, tanto aquí en este mundo como en la eternidad.
La salvación de nuestras almas requiere de un gran poder que destruya el pecado y la muerte, y el temor hacia estas cosas, Jesús puede salvarnos porque es Dios todo poderoso y a eso vino él a este mundo (Heb. 2:14,15).
5.- En quinto lugar, Jesús enseñó en esta ocasión que él debe ser obedecido.
La fuerza de los vientos y el mar era tremenda, sin embargo obedecieron la voz de mando de Jesús, a tal grado que se hizo grande bonanza, esto es una gran calma, una tranquilidad que superaba todo y contrastaba grandemente con los fuertes vientos y agitadas aguas.
No podemos tener en nosotros tranquilidad en nuestro ser interior, si primero no aprendemos a obedecer los mandatos de Dios. El por medio de nuestra obediencia a lo que nos enseña nos da tranquilidad y alivia de toda angustia y pesar. Debemos rendirnos en obediencia a Él. No somos más fuertes que los vientos ni más temibles que esas agitadas aguas que anegaban la barca en donde estaba Jesús con sus discípulos. Debemos rendir nuestras vidas a la voluntad de aquel que todo lo puede. Todo enemigo será conquistado por Cristo finalmente (1 Corintios 15:26). Toda rodilla se doblara ante Jesucristo (Filp. 2:10), aún aquellos que lo rehúsen ahora, serán obligados finalmente para ser humillados y avergonzados. Solamente los que confiaron sus vidas a Cristo y se sometieron a su autoridad tendrán en sus vidas tranquilidad. Cristo es el Señor y debemos aceptarle como tal ahora y tener su paz. El pecado no nos traé paz, sino vergüenza y nos condena a muerte (Rmanos 6:21-23), los que ahora se rinden a Cristo son liberados del pecado y vienen a tener vida y paz.
Cristo mostró su amor y misericordia en cada una de sus obras y milagros, y ese mismo amor y misericordia de Cristo nos enseña la necesidad de obedecerle confiadamente, él es nuestro creador, el buen pastor y nuestro Salvador, debemos seguir sus enseñanzas para nuestro bien. Decir que el hombre no debe hacer nada para ser salvo va contra la enseñanza bíblica en general. Dios espera de nosotros, no solamente que creamos en Jesucristo, sino también que le obedezcamos en todas las cosas, que le recibamos como Señor absoluto de nuestras vidas.
Conclusión.
El verdadero problema es no confiar en Dios, que nuestra fe no crezca o llegar a perderla. El verdadero problema sería pensar que Dios nos ha dejado solos, o bien, no llegar a reconocer el señorío de Jesucristo para rendirnos en una fiel obediencia a él. Nuestro mayor problema no es la tormenta de dificultades que tengamos.
Dios en su providencia cuida de nosotros dándonos las cosas que necesitamos para la vida en este mundo, porque nos ama y quiere que nosotros nos volvamos a él, a su amor y protección, y es capemos así del pecado y sus terribles consecuencias. Si no confiamos en Dios, en su palabra, en sus enseñanzas, no podremos escapar del pecado, la peor de las tormentas.
Que nuestra fe en Dios crezca, que seamos obedientes, fieles y sujetos al señorío de Jesucristo, para que cuando llegue el fin de todas las cosas, podamos llegar a tener en nosotros, el gozo y la paz de los redimidos de Dios.