www.firmesenlafe.com / Firmes en la fe - Mayo-Junio2007
Examinándose a sí mismo
Por Alfredo Chee
Realmente nos hemos puesto a pensar con seriedad alguna vez, ¿quienes somos nosotros en realidad? La pregunta es ¿Quién Soy yo? es una pregunta que individualmente nos deberíamos hacer, para realmente saber que tipo de persona soy.
Pablo el apóstol de Jesucristo dijo: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos,” (2 Cor. 13:5). En verdad no debemos dejar pasar por alto este consejo nunca.
La Biblia enseña que la persona es tal y como piensa dentro si misma (Prov. 23:1), Así que para saber quien soy en realidad, para poder conocerme, y poder hacer los cambios precisos en mi, para encontrar el favor de Dios, debo primero ver dentro de mí mismo, es decir debo considerar que es lo que hay en mi corazón.
Jesús dice en Marcos 7:20-23, “... que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.”
Es posible que el concepto que yo tenga de mi sea el de una persona buena, que no le hago mal a nadie, tengo mi buen trabajo, también tengo el respeto de muchas personas, asisto a la iglesia, doy mi ofrenda cada domingo, y canto a Dios, participo de la Cena del Señor, etc. ¿Será eso acaso suficiente como para determinar que yo soy realmente una persona conforme al corazón de Dios, recta y de fidelidad delante de Dios y los demás?
El Apóstol Pedro dice a los cristianos “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma,” (1 Pedro 2:11). Esto que Pedro dice es bueno, y todos nos concordaríamos en que realmente su consejo es bueno.
Debo pues, tomar el buen consejo, y luchar contra las cosas que según Jesús, me pueden contaminar, no debo permitir que tales cosas ganen en mi ser interior, la batalla, y se queden en mi corazón. Debo entender que si no estoy luchando debidamente en contra de las tentaciones y deseos carnales, entonces estoy en pecado, puesto que me detengo a pensar en ellas en lugar de desterrarlas de mi mente, y según Santiago “y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado. (San. 4:17).
Se ha dicho que el ser tentado no es pecado, pues Jesús mismo fue tentado (Heb 4:15), y esto es cierto, pero Jesús no permitió nunca que las tentaciones se establecieran en su corazón, sino que las combatió y las venció. Así nosotros debemos ir venciendo las tentaciones, hasta el último aliento de nuestra vida, no permitiéndoles que se vayan quedando poco a poco al no dejar de pensar en ellas con cierto deleite (Consideramos Proverbios 28:14 “Bienaventurado el hombre que siempre teme a Dios; Mas el que endurece su corazón caerá en el mal.”)
Realmente no conviene endurecer el corazón, debemos tomar en cuenta el consejo del apóstol Pedro de batallar contra los deseos carnales, para no caer en el infortunio, desgracia o desventura, no solamente en relación a nuestra vida en la eternidad, sino también, en cuanto a la vida que ahora vivimos en este mundo.
Cuantos no han caído en la ruina por causa de la avaricia, del engaño, de la envidia, de la fornicación, de las borracheras etc.
Si hemos creído y obedecido a Cristo, entonces él nos ha librado del pecado, pero si no combatimos a los deseos carnales como se debe, entonces el pecado puede enseñorearse de nosotros nuevamente (Juan 8:34), y llevarnos a la muerte (Romanos 8:13). No siempre podremos parar toda tentación, no siempre podremos evitar caer en ser victimas del pecado, pero confiamos en la misericordia de Dios, que si estamos batallando contra el pecado como se debe, y en nuestra lucha contra él, en algún momento nos logra asaltar, sabemos que Dios nuestro buen Padre nos puede perdonar (1 Juan 1:9,10). Dios quiere en nosotros un corazón limpio, considere Mateo 5:8, sin embargo para que esto pueda ser posible, Dios quiere que primero le demos nuestro Corazón (Proverbios 23:6).
Si damos a Dios nuestro corazón, su palabra vendrá a morar en nosotros en abundancia (Col 3:16), y al morar su palabra en nosotros, realmente seremos personas muy diferentes, dirigidos por el consejo de Dios, y actuando y viviendo como siendo nosotros Jesús.
El vivir una vida de rectitud en el temor de Dios, traerá para nosotros recompensa, “porque ciertamente hay un futuro, y tu esperanza no será cortada.” Pro 23:18 (LBLA).